Cuando el ecosistema natural ya no existe

Notas desde La Pampa, Argentina

By Rosaura Ruiz

Vista de la llanura pampeana (fotografía de la autora).

Hace más de un año, casi en otra vida, me encontraba ante un viejo Atlas recuperado de la calle, abierto por la página que decía “América do Sul”. Estaba planeando a grandes rasgos el itinerario de mi inminente viaje por Latinoamérica. Trataba de imaginar los relieves y la vegetación, resistiéndome a la mentira de la bidimensionalidad del papel y los tonos de ocre, marrón y verde. Me generaba curiosidad esa vasta región central de Argentina llamada La Pampa. El nombre tenía algo de exótico para mí. Pero preguntando a mis amigos argentinos todos me decían lo mismo: “allá no hay nada, es puro desierto”. Me sugirieron otras rutas más interesantes, me convencí y lo di por zanjado.

Una vez iniciada mi aventura, ya en tierra argentina, me encontré en la necesidad de cruzar todo el país de oeste a este, desde Bariloche hasta Buenos Aires. En el medio: La Pampa. Pero la posibilidad de ver aquella región se volvió a desvanecer. Comprobé que el autobús, que tardaba unas 24 horas en atravesar los 1.600km, costaba prácticamente lo mismo que un vuelo low cost de 2 horas. Aunque evito el avión siempre que puedo, todavía no tenía experiencia con las distancias latinoamericanas, y 24 horas en “bondi” me parecían una verdadera locura. Así que atravesé La Pampa aquella vez, pero desde el aire.

Sin embargo, parecía destinada a saciar mi curiosidad sobre la tierra de los gauchos, aunque fuese a la fuerza. Las vueltas de la vida quisieron que me quedase una temporada a vivir en La Pampa. La famosa pandemia transformó una rápida visita a la familia de mi compañero, de camino a otros paisajes más montañosos y verdes, en una extensa estadía. Y sí, admito que mis amigos tenían razón.

De la pradera salvaje al campo de maíz

Para quien nunca estuvo acá, imaginen una llanura extensísima, plana como si el horizonte hubiese sido dibujado con ayuda de una gran regla cósmica. Una monótona panorámica hecha de maíz y cereales que se secan al sol y se curvan con los vientos. Escasos y ralos árboles, arbustos desconfiados, protegiendo con espinas su áspera estructura. Algunos cenagales infestados de mosquitos. Ningún lugar donde huir al encuentro con una Naturaleza más verdadera. Porque lo que acá crece tiene poco de natural. El uso totalmente extendido y normalizado de agroquímicos y de monocultivos transgénicos hacen que te preguntes cuán saludable pueda ser respirar el aire o hundir las manos en la tierra. El Sol parece ser lo único natural en los días pampeanos.

El bioma original de La Pampa era el pastizal, mezcla de pradera y estepa, con pocos árboles y predominancia de gramíneas y arbustos leñosos, aunque no faltaban las plantas edibles. La topografía plana y el escaso drenaje del arcilloso suelo, formado en su mayor parte por depósitos de partículas de limo transportadas por tormentas de polvo durante millones de años, propiciaba la formación de lagunas permanentes y temporales, generando gran biodiversidad a su alrededor. Animales como el puma, el ñandú (pariente de la avestruz) o el venado campaban a sus anchas por el territorio. Comadrejas, zorros, armadillos (conocidos como “peludos”) y toda una diversidad de aves y reptiles completaban el dinámico cuadro.

Lamentablemente, hoy en día no hay un centímetro de tierra que no haya sido transformada por los métodos de agricultura y ganadería intensiva. Del pastizal original nada queda, las lagunas están contaminadas por los venenos con los que se rocía recurrentemente a la tierra; el puma, el ñandú y el venado son sólo leyendas, y los demás animales, con sus posibilidades de supervivencia reducidas, se dejan ver poco ante el omnipresente humano. Se eliminó todo un ecosistema por un motivo puramente económico. Y no sólo, los propios humanos que vivían acá hasta el siglo XIX, adaptados al territorio como cualquier otro integrante del mismo, en respeto por la Naturaleza de la que se sabían parte, fueron eliminados con todo lo demás. Con las debidas diferencias, la llamada “Conquista del Desierto” argentina fue un genocidio y etnocidio paralelo al de la “colonización” del Oeste de los ahora EEUU.

Resiliencia

Me parece increíble que en un lugar donde la fertilidad de la tierra era proverbial, muy poca gente cultive su propio alimento y en vez de ello compre en las fruterías productos llenos de químicos. Los que cultivan algo, ni siquiera se lo comen, pues maíz, trigo, soja, cebada y girasol se exportan al resto del mundo. La tierra de los campos ya cosechados se ve reseca y triste. Ya no se le guarda ningún respeto.

Me resisto a caer en el pesimismo. Por las mañanas y al atardecer, varios pájaros de especies diferentes se turnan para gorjear en el patio, y si te alejas de la zona urbana encuentras lechuzas, aves rapaces, alguna garza, y otros pájaros que con su vuelo parecen decirme que todo está bien. Ellos están bien. Hasta parece que el “peludo” sigue siendo muy común, pues se ven cantidad de hoyos que usan como madriguera. En las llanuras crecen también ortigas, cardos y otras plantas que no reconozco y que sé que son casa y alimento para muchos animales. Muchas plantas edibles siguen ahí, aunque ahora ya nadie las use. Los árboles llamados caldenes son una reliquia del pasado, pero a los pocos que quedan, en un parque de la población, se los ve sanos y fuertes. Debe de haber micro-ecosistemas por todas partes. Tal vez tenga que aceptar que el ecosistema natural ya no existe, y que ha sido reemplazado por uno nuevo, que sigue reglas artificiales impuestas por un ser humano incapaz de predecir las consecuencias y de reconocer y enmendar sus errores. Si tan sólo dejaran de seguir echando veneno a la tierra…

En el epicentro argentino del latifundismo, el monocultivo y el uso de agroquímicos y transgénicos, planto mi pequeña huerta en el patio trasero de una casa prestada. Quiero aprender de la tierra para poder servirle mejor. La naturaleza en La Pampa es una realidad más triste de lo que imaginé. Pero la vida es adaptación, es resiliencia: si las aves pudieron, yo he de poder.

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